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La época del confort dentro de los hogares fue alimentándose de la utilización de pequeños electrodomésticos que han ayudado a hacer de la limpieza algo sencilla y que requiere cada vez menos esfuerzos. La aspiradora, es uno de estos logros del bienestar ya que, gracias a esta pequeña máquina, hace más de cien años que el polvo dejó de ser un problema.
A finales del siglo XIX, los ventiladores de los motores de la casa Westinghouse empezaban a integrarse dentro de aparatos que funcionaban por medio de una fuente de reciente desarrollo: la electricidad. Con el inicio del siglo siguiente, concretamente en 1901, Hubert Cecil Booth imaginaba un filtro lo suficientemente, tupido como para permitir al polvo de las alfombras depositarse en él y un artefacto para montarlo puesto que, en sus primeras experiencias, utilizaba la boca como aspirador y colocaba un pañuelo entre sus labios y la superficie que había que aspirar.
Las dimensiones y el peso del prototipo de Cecil Booth distaban mucho del pequeño tamaño y del fácil manejo de las aspiradoras de hoy en día y, además, tenía que ser manejado por dos personas que provocaban el vacío para absorber el polvo de la mano de un fuelle. La puesta de largo de este invento tuvo lugar durante la coronación del rey Eduardo VII, puesto que se tuvo que eliminar el polvo de la alfombra de la Abadía de Westminster.
Con el tiempo hubo otras mentes pensantes que perfeccionaron el aparato, como James Murray Spangler, padre de la aspiradora portátil en 1907, o William Hoover, encargado de aplicar la electricidad en la aspiradora, si bien, su primer destino fue la industria y, transcurridos unos años, los primeros hogares tuvieron la oportunidad de beneficiarse de este electrodoméstico gracias a la comercialización de los primeros modelos de Electrolux.
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